25 de agosto de 2026

La búsqueda de la felicidad


 

 Foto de Christian Weiss en Unsplash

La parábola: «La búsqueda de la felicidad»

Cuenta la leyenda que un día se reunieron todos los dioses para crear al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. No podían construirlos idénticos a ellos, porque serían dioses y no hombres. Para ello decidieron quitarles algo, pero no sabían qué. Después de mucho reflexionar, uno afirmó:

—Vamos a quitarles la felicidad. El único problema es dónde esconderla para que no la encuentren jamás.

—Escondámosla en la cima de la montaña más alta del mundo —propuso uno.

—¡No! Les hemos dotado de fuerza, así que podrán subir y encontrarla —repuso otro.

—Entonces —sugirió otro— podemos ocultarla en lo más profundo del mar.

Pero alguien contestó:

—¡No! Les dimos inteligencia, por lo que alguna vez inventarán algo que les permita llegar allí.

Uno de los dioses, que había permanecido escuchando atentamente las propuestas de los demás, rompió su silencio:

—Ya sé dónde esconderla para que nunca la encuentren.

—¿Dónde? —preguntaron los demás.

—La esconderemos dentro de ellos mismos, en su mente y en su corazón. Estarán tan ocupados buscándola en el exterior que nunca la encontrarán.

Y desde entonces ha sido así: el ser humano se pasa la vida buscando la felicidad fuera de sí mismo, sin darse cuenta de que la tiene dentro.

 

Lo que la parábola nos dice y preferimos ignorar

Esta historia no es solo un cuento hermoso. Es un diagnóstico preciso de uno de los mayores errores cognitivos de nuestra especie: la búsqueda de la felicidad en el exterior.

¿Cuántas veces has pensado «seré feliz cuando...»? Cuando tenga más dinero, cuando encuentre pareja, cuando cambie de trabajo, cuando adelgace, cuando los hijos sean mayores. Esta forma de relacionarnos con la felicidad —como si fuera una meta externa que hay que conquistar, no un estado interno que hay que cultivar— es, precisamente, el engaño que describe la parábola.

Los dioses no escondieron la felicidad en un lugar inalcanzable. La escondieron en el único lugar donde estamos seguros de no mirar: dentro de nosotros mismos.

Este artículo se enmarca en los contenidos del libro

Adiós al sufrimiento inútil

(Paidós, 2025) — Dr. Javier García Campayo

También podemos ilustrarlo con el cuento de la camisa del hombre feliz, atribuido a Leon Toltói

Este cuento llegó a mis manos por primera vez como una lectura en la parte final de mi libro de literatura, creo que, de segundo de bachillerato en el Instituto en España, puede que haya errores en mis recuerdos, aun así, este texto de esta adaptación está ligeramente modificada por lo que queda de mis recuerdos.

La Camisa del Hombre Feliz

En tiempos pasados, en tierras del norte, un importante y acaudalado Zar enfermó gravemente. A pesar de los esfuerzos, los mejores médicos del Reino no fueron capaces de darle mejoría a su estado. En su desesperación, el Zar ofreció la mitad de sus riquezas a quien tuviese el poder de curarle del mal que le afectaba. Su palacio se llenó de médicos, magos, charlatanes y curanderos de todo tipo, ninguno de los cuales pudo darle solución a la enfermedad del desgraciado gobernante.

 

Un artista que pasaba por el Reino, trovador natural de oficio y, por ende, artista de verdad, oyó de las penas del Zar y pidió verle en persona para dar solución a su mal.

─ Mi querido Señor, la única medicina que precisa vuestra gracia está al alcance de un sólo hombre, pero para llegar a ella es necesario que vos os pongáis la camisa del hombre feliz.

Al oír esto, el hijo del Zar envió a sus emisarios a buscar por las comarcas a un hombre feliz. Pasó el tiempo y al regreso solitario de los representantes se constató que en todo el Reino no existía un sólo hombre feliz.

─ ¡Cómo es posible que en todo el Reino de mi padre no exista un sólo hombre que se digne a sí mismo de ser feliz!

Al fracaso de los emisarios y envuelto en cólera, el hijo del Zar tomó su caballo y se lanzó por su cuenta a buscar al hombre feliz. Pasó las semanas buscando en las dinastías más poderosas, en los mejores palacios, en las más acaudaladas familias, y el pobre príncipe no encontraba al hombre feliz. Cansado de su deambular, en uno de sus trotes, se retiró a un bosque a descansar a la sombra de un enorme árbol marchito por el tiempo.

─ ¡Oh, que felicidad la mía! ¿Quién podría pedir más? —escuchó una voz detrás del árbol.

El príncipe se incorporó de inmediato y al dar la vuelta encontró a un hombre pobre y mal vestido que comía un duro pedazo de pan. A su lado una serie de ramas se elevaba a modo de rústica choza, bajo la cual una fogata hervía en campestre aroma una marmita.

─ ¡Perdone usted! -se acercó el príncipe.

─ ¡Amigo, pase, no esperaba invitados, pero lo poco que tengo puedo compartirlo!

─ No se preocupe, pero... ¿le he oído decir que es usted feliz?

─ En efecto, trabajo duro y por ello tengo una buena salud, mis amigos son pobres como yo, pero cordiales, mi mujer es una excelente cocinera y me adora... ¿hay algo más que pueda pedir?

Al oír esto, el príncipe sintió vergüenza propia de haber buscado la felicidad donde difícilmente la hallaría. Comprendió que el mal de su padre radicaba en la sombra de la tristeza nacida del materialismo existencial, la cual gran parte del mundo adopta como forma de vida. Impresionado en el alma de la sinceridad del hombre pobre pero feliz, el Príncipe le obsequió algún dinero y regresó al palacio.

─ Padre. Encontré al hombre feliz, pero no tenía camisa. Apenas si tenía un viejo jubón para cubrirse.

La historia rusa no dice qué fue del Zar, pero las lenguas americanas aseguran que el gobernante aprendió la lección e hizo de su vida una feliz aventura, cada día.

Adaptación de Ethan J. Connery

 

Mi versión hablaba de un rey, no de un zar y acaba en el desierto: un hombre vestido con chaleco de piel que se alimentaba de leche de camella y de algunos dátiles y no precisaba de nada más, siendo así ¡feliz! Al preguntarle por su camisa el hombre abrió el chaleco y mostró su piel desnuda, morena y curtida.

¡El hombre feliz no tenía camisa!

csl


 

25 de marzo de 2026

No a la Guerra

 


 

Foto de Annie Spratt en Unsplash

 

La paz como alternativa necesaria a la guerra.

A favor de la negociación, la empatía, el derecho internacional y la responsabilidad ciudadana. 

 csl.