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9 de octubre de 2023

Mi anomalía gallega. La morriña montevideana

 


Foto de Andrew Stutesman en Unsplash

 

Es de dominio público, por lo menos a nivel de tópico, que los gallegos (Galicia, España) venimos a este mundo con un apego especial a nuestra tierra quizás porque tiene un paisaje suave, verde y húmedo, donde el musgo tapiza cortezas de troncos y piedras haciéndolo todo aún más verde, con mucha costa desde el remanso de las rías a la bravura del encuentro de un mar y un océano, el Cantábrico con el Atlántico y este apego se manifiesta en forma de un sentimiento muy profundo de arraigo que se presenta como un poderoso deseo de volver a la tierra, la morriña, es como un desgarro interior que se junta con la incertidumbre de alcanzar el objetivo de volver (aunque sea como dice el tango, con la frente marchita que las nieves del tiempo platearon mi sien). De cerca de allí, de donde se pensaron y se sintieron esas palabras se me aparece la “anomalía gallega”.

De Montevideo hablo. Me tocó la fortuna de “patear” Montevideo (2005 al 2007), yo considero que la mejor forma de conocer algún sitio es “pateándolo”, durante unos tres años, de forma intermitente y esto me dio la formidable oportunidad de conocerlo y de conocerlos. Y me encontré muy identificado con una ciudad con una cierta tristeza por el forzoso declive de la situación coyuntural, pero con un fondo y un poso magnífico, de una cultura y buen hacer ejemplo para el mundo, Cuando hablo de CULTURA tengo que decirlo en mayúsculas, porque es una cultura comprometida. Después de esto no penséis que es una ciudad triste y apagada. Todo lo contrario, es una ciudad vital, que se esfuerza por estar en la actualidad con ese estilo y energía que reivindica lo que en otros tiempos fue.

El cuidado y respeto a los árboles y plantas ya dice mucho de cualquier sitio. Montevideo lo tiene. También los reconocimientos públicos en forma de esculturas como el del maestro, representado escultóricamente por una mujer. ¡Hay mi maestra María Teresa! Cuantas veces nos aburrimos de oír que todo empieza en la educación, que para evitar este mal o freno al desarrollo tenemos que mirar a la educación. Pues los montevideanos ya lo hicieron en mayo del 1945 en el parque Battle. Son muchas las sorpresas que te esperan en Montevideo. Visitar las librerías es un autentico placer porque te hace sentir bien y acogido. Y también muchos lugares para pasear (la Rambla, paseo marítimo de más de 30 kms.) y realizar actividades físicas y culturales, incluyendo a la gastronomía, que a pesar de su monográfico potente, el asado de carne, también tenemos opción con muchas variedades alternativas italianas y de otros países como empanadas, cocochas, …. Es una ciudad muy cosmopolita.

Muchas veces me refugié en sus parques y sus jardines, como el jardín japonés en los exteriores del Museo Juan Manuel Blanes.

Y como esto no tiene ninguna intención de convertirse en una guía, aunque ya veis que la tentación es mucha. Vamos a la “morriña”.

Por mi condición de marino, Salí de mi casa en el año 1973 y regularmente estas salidas se iban repitiendo en el tiempo. Si bien sabía que de alguna forma volvería no sentí ningún sentimiento de morriña, soledad, saudade, nostalgia o añoranza. Después de un paréntesis importante en el ámbito laboral cerca de 23 años (1979 a 2002) volví a la marina hasta el año 2007 en que lo dejé. Y también dejé, en aquel entonces, Montevideo. Y Ahí sucedieron las cosas. La sensación, al dejar Montevideo, sabiendo las altas posibilidades de no volver, me provocaron el sentimiento de morriña (una tristeza y melancolía profunda), lo que hace pensar que no todo está en el paisaje, bucólicamente invocado antes, está, quizás, en el paisaje, en su gente, en el habla, en su acento, en el aire, en su naturaleza, en los logros alcanzados por los esfuerzos de tantos, en lo que vas a perder. Es como si extirparan de ti algo que se ha instalado, sin apenas darte cuenta, toda una experiencia que cada uno vive e incorpora de manera diferente.

csl