21 de noviembre de 2009

EL HIJO QUE NUNCA QUISE TENER


Era una noche especialmente inquieta, no paraba de dar vueltas en la cama, a menudo se despertaba sobresaltada, con una desagradable sensación húmeda del sudor que la empapaba.

Se sentía extraña y esta sensación se mezclaba con sus sueños no pudiendo determinar la realidad con lo soñado.

Estaba como encadenada a la cama y aún queriendo levantarse al baño, le era totalmente imposible, incorporarse y sentarse.

Así pasó buena parte de la noche hasta que la necesidad se hizo tan imperiosa que la realidad venció al sueño, viniéndose de pronto a su mente.

Dando tumbos, con riesgo de caerse, sin bata y descalza, a apalpadas, se dirigió, mas por intuición y tacto que otra cosa, al baño, sin tiempo de encender la luz se sentó en el water en dos intentos, el segundo para levantar la tapa del mismo.

A continuación siguieron una serie de ruidos, y en su cara, en la oscuridad, se adivinaba una sonrisa de satisfacción.

No se atrevió a tirar de la cadena pues sólo de pensarlo se escandalizaban sus oídos.

La vuelta a la cama fue como la ida, pero relajada, con mucha menos premura. Aún hubo una paradita perezosa en el umbral de la puerta del dormitorio.

La pérdida de equilibrio en esa postura venció la pereza y sobresaltó su corazón que comenzó a latir con fuerza por el susto que llevó. Se acercó a la cama y se dejó caer en ella, tapándose de mala manera y esta vez cayó en un profundo sueño interrumpido bruscamente por el sonido del despertador.

En lo mejor del sueño – masculló ella –

Un ratito más.

Media hora mas tarde el despertador interno funcionó y se volvió a sobresaltar, ésta vez la vigilia acudió rauda y veloz a la mente y saltó de la cama al baño.

Su estado de ánimo no era gran cosa y no sabía exactamente el por qué.

De repente el miedo que nunca había sentido especialmente, se había adueñado de su comportamiento. Se sobresaltaba con demasiada frecuencia, su corazón se aceleraba y cabalgaba desbocado sin razón aparente. También sentía sofocos. Pasaba del calor asfixiante al frío, en segundos, y su apetito no era gran cosa.

Comenzó a asquear determinados alimentos que le provocaban arcadas sólo pensar en ellos.

El cambio en sus gustos culinarios comenzó a preocuparla en un sentido muy concreto.

¿Cuánto tiempo hacía que no le venia la regla?

Cogió rápidamente la agenda y comprobó, en su vida relajada y despreocupada, que habían pasado 40 días desde la última.

¿Tendré que preocuparme? – Pensó ella –

La verdad es que no era muy regular, a lo mejor ….

Un repentino sofoco la animó a entrar en la farmacia y pedir un “Predictor”.

Cuanto antes salga de dudas ….

El día fue ajetreado, llegó a casa tarde y cansada, con la preocupación en la cabeza. Puso el despertador un poco antes y escribió una nota que decía “¡Recoger la orina de la mañana!”. Puso la nota en la tapa del water.

Esa noche tampoco durmió nada bien. Demasiados sueños y demasiadas interrupciones.

Se levantó con la impresión de estar más cansada que cuando se acostó. Y medio zombi se dirigió al baño. Dio un respingo al ver la nota, tragó la sensación desagradable y recogió la orina, separó una muestra y entre bostezos y cambiando el pitillo de manos a boca fue siguiendo las instrucciones para hacer la prueba.

Agitó el tubo y la orina se fue coloreando, no salía de su asombro. ¿Cómo había podido ser?.

Su situación familiar era inestable, vivía sola y en sus planes no entraba tener un hijo. Tampoco en su salud, hacía años los médicos le habían recomendado no quedarse embarazada.

Dudó de la veracidad de la prueba aunque algo en su interior le decía que no fallaba.

En realidad era algo que sabía, sin saber por qué, antes de hacerse la prueba. Aún así. Con la mente nublada por la conmoción, decidió visitar al ginecólogo para confirmar su estado.

Hablaron en la consulta de los riesgos que tenía, en su caso, el embarazo para su salud y le pidió información para abortar. El médico la remitió a planificación familiar.

A partir de ese momento su vida cambió y poco a poco la angustia fue cogiendo protagonismo, en las primeras horas de su nueva vida.

Estaba desconcertada, no sabía a quien acudir para contarle lo que le pasaba.

Paró en un café, pidió un té, se sentía mal, el estómago lo tenía en la garganta, hizo un esfuerzo para reflexionar.

¿Se lo contaría a su familia?.

Su madre había muerto con gran trauma para ella cuando más la necesitaba, ¿Su hermana?, se lo diría a su hermana que vivía en Barcelona, pero como se lo iba a decir a ella, estaba bien asentada socialmente, religiosamente casada, no estaba para sermones.

Ella vivía sola, divorciada, agnóstica.

¿Su abuela y su tío cura?. Ni pensarlo.

¿Su padre y su mujer?. Lo mismo.

Su familia quedó rápidamente descartada.

¿Alguna amiga quizás?. Pero quién.

Pensó en su amiga “todoterreno” que vivía casada en Madrid con dos hijos, en principio era buena idea, su amiga estaría a la altura de las circunstancias, sin embargo el recuerdo del cariño y amor de madre con que su amiga criaba a sus hijos, chocaba frontalmente con sus intenciones de abortar y sintió el mordisco de la contrariedad en su interior.

¿Quizás?

La prima de su exmarido con la que había trabado amistad y aunque no se lo contaba todo, y aún teniendo hijos ella, la veía como más desarraigada con sus hijos.

Sí, llamaré a la prima, quedaré con ella a comer o a lo que sea y se lo digo.

Ese mismo día no pudo ser pero al día siguiente estaban sentadas en una cafetería discreta, bebiendo más que comiendo.

¿Y que vas a hacer?

No puedo tenerlo, además supone un riesgo para mi salud, - decía ella -.

Pues yo conozco a un amigo que con toda garantía lo puede hacer, te daré el teléfono y le llamas de mi parte. No te preocupes que hoy en día esto es muy frecuente.

Aún determinada como estaba, no las tenía todas consigo, había algo que la inquietaba.

Después de visitar al amigo ginecólogo y salir con una sensación de llevar en la mano el presupuesto del taller en el que detallan lo que cuesta quitar aquella pieza al coche. Había algo más, - no sabía lo que era -, pero había algo más.

¿Y su exmarido?

Mantenían una relación inestable de amor y odio en el tiempo. Cada uno en su casa, pero al fin y al cabo “una relación”.

Con lo protector que es él, - pensaba ella -.

Y con lo que opina del aborto, para echarse a temblar si se entera.

El tiempo corría en contra y había que tomar una decisión. Su ánimo estaba hecho trizas y los síntomas físicos se amplificaban.

Sus pechos empezaban a inflamarse, como si estuviera de regla perenne. Su asco a determinados alimentos aumentaba, se mareaba.

Y anímicamente esa sensación de angustia y desazón aumentaba.

Su razón le pedía resolver.

Pero su instinto paradójicamente le decía que no.

Ella que siempre lo había tenido tan claro, - se repetía, una y otra vez -.

Y su instinto iba creciendo a expensas de su razón.

Ocurrió al día siguiente, estaban comiendo juntos, su exmarido y ella. El, como siempre preocupado por ella se mostraba inquieto por lo escaso de su apetito y por los cambios extremadamente bruscos de su carácter.

Nunca había sido muy estable, - pensaba él -, pero esto es nuevo.

Después de comer fueron, como era habitual, a casa de ella a tomar café y un güisquillo. Ella se hizo un té y no tomó licor.

El preguntó - ¿Estás bien?

Ella susurró - ¡Sí!

Unas lágrimas asomaron por sus ojos y rodaron por sus mejillas.

El no se pudo contener y la abrazó, después la separó y sin soltarla le espetó.

¡Dime que pasa!

Ella se volvió a abrazar a él.

Permanecieron unos segundos así.

Y ella le dijo lacónicamente - ¡Estoy embarazada! - .

El la volvió a abrazar y en el abrazo, le preguntó.

¿De quién?

Tuyo

El volvió a preguntar.

¿Qué quieres hacer?

Ella, sollozando, le dijo, - No lo sé -.

El, ahora apartándola de nuevo y mirándola a los ojos le dijo - ¿Quieres tenerlo? –

No lo sé

La volvió a abrazar. Los ojos de él se llenaron de lágrimas. Era incapaz de soltarla.

Por su cabeza, pasaban tantas cosas, todas a una velocidad vertiginosa.

Con voz firme y determinada le dijo, - ¡Tengámoslo! –

Ella con un hilo de voz, dijo, -¡Sí! – y su cara se iluminó –

Se fundieron en un estrecho abrazo, sintiéndose uno al otro.

Sonó el teléfono, y hasta el timbre del portal.

El abrazo no se deshizo.

Sólo de vez en cuando, se oía decir a ella:

¡Que gane la vida!

¡Que gane la vida!

csl 070499

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