25 de noviembre de 2009

LA BIBLIOTECA


El edificio era antiguo, de piedra, enorme, para entrar había que subir unas escaleras también de piedra.

Unos cuadros anónimos y antiguos con dos bancos de madera – inútiles – colocados para que nadie se siente en ellos decoraban el hall de entrada del regio edificio. Unos grabados sencillos – sin alma – en el respaldo de los bancos pretendían sacarle austeridad.

El hall era sólo eso, un hall, conducía a una larga escalera de piedra, fría y seria. Daba acceso a la tercera planta del edificio, pero no había entrada desde ella a la primera y segunda planta, sólo a la tercera. Se había diseñado con esa intención y estaba un tanto frustrada, quizás por eso hasta el pasamanos, donde apoyarse, era también frío y pétreo.

La entrada a la tercera planta se hacía a través de una puerta de castaño bien curado, con cristales, quizás para invitar a entrar. Lo cierto es que no se podía hacer otra cosa, la escalera acababa ahí.

El silencio agrandaba el chirrido de las bisagras desengrasadas, imponiendo culpabilidad en el que empujaba la hoja, sintiéndose impertinente por haber roto aquella paz.

Una alfombra descolorida y gastada comunicaba la puerta de la escalera con “la puerta”, también de cristal, que nos introducía en la estancia buscada, la biblioteca.

Todo era precaución al abrir la puerta de la biblioteca después de la experiencia sonora de la de la escalera.

Suave y firme giró el pomo y empujó la hoja, esta vez no hubo ruido.

La estancia era enorme y acogedora. Los techos altos recogían en su entorno filigranas de marquetería en madera y en el eje central una sucesión de lámparas cuya luz estaba dirigida hacia el suelo.

Dos filas de mesas de madera sencillas y amplias se alineaban en el centro de la estancia hasta un gran ventanal de vidrieras con algunos colores, nada entretenido o artístico.

Los libros sólo enseñaban sus lomos y se adivinaban con cara de mal humor por eso quizás nadie hablaba en alto. A lo sumo susurros con miradas huidizas a uno y otro lado.

Una señora con aspecto tan curado como el de la madera se distinguía en la estancia, sus gafas perfectamente estibadas en su nariz le daban un toque coordinado, añejo y típico.

Después de la panorámica general se dispuso a conocer los usos y costumbres de la estancia por lo que se dirigió a la seria e inclita señora que parecía era toda una con la silla en la que se sentaba.

Desearía consultar un libro de Botánica General, susurró. La señora lo miró, sin mover la cabeza, por encima de las gafas y le dijo con voz clara y firme - ¡Me podía hablar mas alto, por favor!. ¿Qué desea?.

Aquello le pareció que transgredía la norma de lo obvio y no escrito. No levantó mucho mas la voz, simplemente se acercó mas a ella y le repitió - ¡Desearía consultar un libro de Botánica General!.

La respuesta lacónica y desinteresada - ¿Algún autor en concreto?

Pues no.

¡Entonces busque en ese fichero que tiene a la izquierda!, ¡Tiene índices por autores y por títulos!.

Asintió con la cabeza y su boca muda, articuló ¡Gracias!.

El chirrido al abrir la gaveta del archivador volvió a dañar sus oídos. No se atrevió a mirar a ningún lado.

Pero que torpe estaba, había abierto el cajón del índice de autores. Contuvo el aliento y de un firme empujón cerró el cajón.

Abrió el de al lado, que decía “Títulos A – C” con la misma decidida técnica.

Ante sus ojos cientos de fichas. Caminaban sus dedos por los lomos de ellas, frenó su caminar al paso y se detuvo. Botánica General, Tratado. 15.356/ R–8.

Señaló su ficha, le hizo una indicación a la señora conforme lo había encontrado – y le respondió ¡Usted mismo!.

Con la ficha en la mano fue revisando por las paredes la estantería R. Ya estaba frente a ella, estante 8, a la altura de los ojos, ahora el volumen 15.356. Ese era, ancho de lomo, de cuero curtido y suavizado por las caricias repetidas y recibidas, que arrancaron parte del oro del grabado. Lenta y temblorosa acercó la mano al lomo y se hizo con él. Notó su peso y las partículas de polvo pegadas en él, sabe Dios desde cuando. Se giró hacia las mesas y eligió una próxima a las vidrieras.

Se sentó y se quedó mirando al libro cerrado, algo había que le impedía abrirlo. Temía romper el silencio, no sabía que era, con los ojos clavados en la tapa repetía en su interior –Botánica General Tratado -.

Al fin se decidió, lo abrió por la mitad, al azar –Lavandula angustifolia – Espliego.

En ese momento percibió un intenso aroma a lavanda, sintió un tacto áspero en el tallo y una sensación oleaginosa al pasar la mano y apretar las flores.

¿Cómo podía ser eso?

Acercó la mano a su nariz y el aroma se hizo más intenso, pegajoso.

Levantó la mirada del libro y contempló las paredes forradas de lomos, conteniendo olores, sabores, texturas, sonidos, colores, formas, sentimientos, amores, odios, pensamientos altísimos, pensamientos bajísimos, …

Le dieron ganas de destaparlos todos para experimentar con todos ellos. Abrir muchos a la vez para que su contenido se mezclara y así sentir, descubrir su experiencia.

Navegar por los mares del sur, sintiendo la brisa del mar en el rostro. Elevar el espíritu usando el ascensor de los violines. Reír con el ingenio de lo oportuno, lo tergiversado o lo absurdo,

Ya no importaba el archivador, se dirigió a la estantería más próxima y comenzó a trasladar libros de la estantería a la mesa, allí los abría.

Sus ojos se llenaron de color, sus oídos de sonidos, su piel sentía de lo suave a lo irritante, su boca paladeaba lo agrio, lo dulce, lo salado. Se sentía alegre y triste, feliz y mezquino, abrazaba y repudiaba.

Los libros abiertos se amontonaban en la mesa. Vivía un clímax absoluto y total. Estaba sumergido en una sinfonía de sentimientos y percepciones sensoriales.

En su ir y venir, sus ojos se percataron de la señora de las gafas de la entrada que sin alterarse contemplaba la vorágine de su actividad y adivinaba como se sentía.

Estaba admirado de la sonrisa que aparecía por debajo de las gafas de la sabia señora, le desconcertó ese gesto. Esperaba un gesto de desaprobación y enfado.

Fue cerrando los libros y se fueron apagando en su interior, los colores, los sabores, los olores, los sentimientos. El último libro volvió al estante.

Alterado por la extraordinaria y embarazosa experiencia vivida, caminó lento hacía la salida, al pasar junto a la señora, se disculpó.

Siento el escándalo.

La señora lo miró de nuevo sonriendo.

¿Qué escándalo señor?

¡Espero verle de nuevo por aquí!

Mas desconcertado todavía cruzó el pasillo de las dos puertas y accedió a la escalera. Bajó los peldaños sintiendo el peso de su cuerpo en cada pié, al llegar al hall se sentó en uno de aquellos bancos de madera.

¿Cómo era posible que hubiera tantas experiencias en un sitio tan pequeño?. Y todas se podían vivir.

Salió a la calle dispuesto a enriquecer sus sentidos, dispuesto a compartir sus sentimientos, acumular experiencia.

Cuanto mas aprenda sobre las sensaciones, pensamientos y sentimientos.

Cuanto mas matices experimente sobre sensaciones, pensamientos y sentimientos mas disfrutaré del Conservatorio.

Por eso me tiraré a la calle, a la naturaleza, al mundo para enriquecerme y así repetir visita al Conservatorio de las sensaciones, de los pensamientos, de los sentimientos, de las experiencias.

© csl 050100  -  G2W3JU4YB894 -

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